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jueves, 30 de octubre de 2008

una tumba de nieve

Después que cayeron veinte centímetros de nieve durante la noche, el tiempo se puso cálido, condiciones ideales para que se produjera una avalancha en el Monte Diamond, de Alaska. Pero James Steward, aficionado esquiador, quería examinar las pistas de nieve para un campeonato de esquí que estaba por realizarse.

Andando con sus esquís, sintió de pronto el desliz. La nieve cedió bajo sus pies, y en pocos momentos James comenzó a descender vertiginosamente, a 180 kilómetros por hora, envuelto en inmensas masas de nieve que descendían con él.

Una avalancha de nieve fresca es casi siempre mortal. Son miles de toneladas de nieve que se precipitan ladera abajo con una fuerza inmensa, con terrible sonido y con velocidad pasmosa. Los esquiadores arrasados por una avalancha de esas casi nunca sobreviven. Y Steward caía hacia lo que le pareció ser «una tumba de nieve».

Por uno de esos milagros incomprensibles, a Steward lo hallaron montaña abajo y lo rescataron con vida. Con buena razón dijo que nunca olvidaría esa odisea y que nunca más jugaría con lo peligroso.

Las avalanchas que nos amenazan no son siempre de nieve ni siempre ocurren en lugares fríos. Hay otras que no son tan blancas ni tan frías ni tan blandas como una avalancha de nieve, pero son, como quiera, avalanchas, y como tales, destruyen.
Sumergirse, por ejemplo, en un lago de licor, en una despreciable vida de alcoholismo, ¿no es acaso desplomarse en una avalancha sin escape?
Caer lentamente en el mundo de las drogas, con su pasión, su anulación de la voluntad, su embotamiento de la inteligencia y su sentido de vergüenza, ¿no es acaso desplomarse en una avalancha sin escape?

Hundirse en deudas porque uno demanda una vida más lujosa, más sofisticada y más pretenciosa, y abusar del crédito hasta que las cuentas superan a los recursos, ¿no es acaso desplomarse en una avalancha sin escape?
La vida está llena de avalanchas, pero algo ocurre dentro de las personas que se someten al señorío de Cristo. Las motivaciones y los deseos cambian. Es más, cambian las necesidades y la vida entera.

Clamemos a Dios en medio de nuestra avalancha. Digamos de corazón: «¡Señor, sálvame!» Cristo está atento a nuestro clamor. Aceptemos su mano de ayuda. Clamemos a Aquel que es amor y puede rescatarnos. Es lo único que tenemos que hacer para obtener nuestro milagro.



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