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jueves, 23 de octubre de 2008

la tortura que no daña

¿Habrá sido algún experimento sociológico diseñado por una usina especializada en guerra sicológica? ¿O sólo la necesidad de cubrir espacio en el diario en un día flojo en noticias? Me asaltó esta duda cuando vi en La Tercera del domingo pasado, en su sección Mundo, una entrevista titulada de esta forma: "Las técnicas modernas de tortura están diseñadas para no dañar físicamente".




Apenas leí el encabezado, un sudor frío corrió por mi espalda. ¿De qué estamos hablando? ¿De tortura que no daña? ¿O no daña al menos físicamente? El gancho del titular funcionó en esta ocasión a las mil maravillas, pues me precipité a leer el texto.

Tortura que no causa daños… Vaya sofisma. Algo así como "La bomba que desnuda", el fracaso más grande de Maxwell Smart, el temible Agente 86, y para colmo en pantalla grande. Un contrasentido total. O, mejor dicho, un sinsentido. Un "nonsense", como dicen los angloparlantes.

Claro que con Don Adams uno se reía de cualquier manera, en mayor o menor grado, con sus ridículas parodias del mundo de la Guerra Fría, y Kaos y Control disputándose las mentes y los corazones del respetable.

Pero la entrevista a Mark Bowden, periodista e investigador norteamericano, no me causó ninguna gracia.

En ella, este graduado de la Loyola University se refiere a la controversia desatada en Estados Unidos luego de que trascendiera que la CIA destruyó cintas con interrogatorios "agresivos" a miembros de Al Qaeda.

Bowden sabe del tema pues ya en 2003, señala la introducción de la nota, escribió un artículo sobre el tema en la revista The Atlantic Monthly.

Y lo que él dice en el diálogo efectivamente se corresponde con el título: "Las técnicas más modernas (de tortura) están diseñadas para no dañar físicamente al interrogado y sacarle información, porque obviamente los efectos políticos que produce la tortura más obvia serían muy graves".

Ergo, uno puede entender entonces que la tortura se ha sofisticado hasta niveles correspondientes con el grado de avance tecnológico al que hemos llegado.

Y que ya no se trata de machacar burdamente al interrogado o estirarle los miembros con ayuda de máquinas especiales, como se hacía en la época medieval, sino que la brutalidad y la violencia deben ser acordes con los nuevos estadios de desarrollo que hemos alcanzado.

Condena moral o ética a esta práctica, ninguna. A menos que yo, como la mayoría de los chilenos, no comprenda los textos que leo. Su análisis está centrado única y exclusivamente en la eficacia o no que los interrogatorios "agresivos" alcanzan a la hora de lograr sus fines.

Bowden enumera algunas técnicas empleadas por los hombres de Langley en su trabajo: "Se usan métodos para que la persona se sienta incómoda, no dejándola dormir, haciéndole sentir frío, impidiendo que tenga contacto con otra gente, poniéndola en posiciones de mucho estrés, como, por ejemplo, no dejar que se sienten durante muchas horas…"

El guión me suena conocido, y he escuchado experiencias parecidas de parte de amigos que pasaron por centros clandestinos de detención en nuestra o cualquier otra dictadura latinoamericana. Lo que demuestra que en este campo no hay mucho espacio para la inventiva. Todo parece ya haber sido probado: el plantón, el "pau de arara", etcétera, etc.

Incluso el "submarino", en sus dos variantes, seco y mojado, no fue, qué duda cabe, ninguna creación de nuestros guatones Romo o "Mamos" varios.

Según explica Bowden, que es el autor de libros como "La caída del Halcón Negro" y "Matando a Pablo", otro de los recursos que se utiliza para soltar la lengua de los sospechosos de terrorismo es el "waterboarding".

¿Y en qué consiste esto? En que se le hace sentir al infeliz en cuestión que se está ahogando. "Generalmente se hace poniéndole agua en la garganta y en la cara. Con esto se induce al interrogado a la sensación del pánico. Sin embargo, se mantiene la técnica controlada, con el fin de no ahogar efectivamente a la persona".

Y si se ahoga, bueno, deduzco yo, son los gajes propios del oficio. Puede fallar el corazón, forzado a latir a muchas pulsaciones. Pero eso ya no sería culpa del inquisidor, sino del mal estado de salud previo del desgraciado al cual se le quiere extraer la verdad a como dé lugar.

Debo decir, antes de terminar, que a esta altura del partido me asombran pocas cosas. Pero que se hable de la tortura como quien habla del hidromasaje o la aromaterapia, me provoca cierto espanto. Qué quieren que les diga.

Por más que uno viva en un mundo donde sabe que existe Guantánamo, un lugar donde ni las leyes ni los derechos de los acusados operan, y que tiene, además, varias sucursales aun en medio de la civilizada Europa.

Bowden termina su clase, explicando que hay dos tipos de interrogatorios: el tradicional, para obligar a alguien a confesar un crimen, y el de "inteligencia", que tiene lugar durante "un largo período de tiempo" y busca la entrega de información estratégica.

Yo me quedo, sin embargo, con la impresión que es un mundo muy demente y desequilibrado éste donde se acepta, de buenas a primeras, la resurrección de la Santa Inquisición, apenas disfrazada de nuevos ropajes.

Y pienso en Michael Chiklis, el policía calvo de la serie televisiva "The Shield", que en una de las escenas más aberrantes que me haya tocado ver en los últimos tiempos, aporrea a un pandillero latino, atado a un gancho carnicero, con una cadena, y no consigue hacerlo confesar nada, aunque lo mata a cadenazos.

¿La razón? El crimen del que su personaje, Vic Mackey, sospecha es culpable Guardo, que así se llama el latino de marras, no lo cometió él (que, por cierto, cometió otros muchos), sino un policía de su propia unidad especial, que al igual que Mackey se ha hundido ya hace largo tiempo en la corrupción y la degradación moral que dice combatir.

*Carlos Monge Arístegui es escritor y periodista.

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